Relato de cornudo

No hay peor desgracia que ser el protagonista de un relato de cornudo. Pero me tocó serlo. 

Me convertí en cornudo cuando abrí la puerta del dormitorio de mi casa y vi a mi mujer con dos muchachos jóvenes. Uno detrás de ella enculándola bien fuerte. ¡Plas, plas, plas! Y otro a la altura de la cabeza de mi esposa, con su polla bien metida hasta su garganta.

El cerebro siempre se defiende de ideas que no queremos aceptar. Quise pensar que aquella escena era una violación y que tenía que actuar. Pero enseguida vi que lo que estaba pasando frente a mis ojos era consentido y que la persona que más estaba disfrutando de aquel acto era mi esposa.

-¡Mira qué cara de pendejo tiene! -dijo uno de los jóvenes. Y los dos muchachos se pusieron a reír mientras no paraban de cogerse a mi mujer ni por un segundo.

Quise llorar. Aparté la mirada, pero por algún motivo dirigí otra vez mis ojos hacia aquella escena.

-Seguid chicos, no paréis, este puto tiene que aprender como se coge bien.

Ya no había duda. Era una humillación que mi mujer había planeado. Y me lo había ganado. Soy el marido más cobarde del mundo. 

Mi mujer es atractiva y fogosa y siempre he sabido que le hacía falta otro ritmo de vida y otra intensidad de sexo. Yo no era para ella. Pero por miedo a estar solo, siempre había preferido retenerla conmigo como fuera.

Frente a mí tenía las consecuencias de ser un pusilánime.

Ahora los chicos tenían a mi mujer estirada en la cama. Uno de los chicos le posó las bolas en la cara y ella se las lamía. Este mismo chico le sujetaba los tobillos para abrirle bien las piernas. Y el segundo chico se cogía de misionero el coño de mi mujer a un ritmo frenético.

Los gemidos de mi mujer entraban por mis oídos como cuchillos. Oía como mi mujer esputaba de su boca ansiosamente los testículos del primer chico para poder gemir. Estaba totalmente superada por el placer.

-Más duro, cabrones, más duro! -Mi mujer gritó.

Hice ademán de querer unirme al trío Quizás si hacía lo que mi mujer deseaba, podría conseguir su perdón. Así de bajo puedo llegar a caer. Mi mujer se empezó a reír cuando vio que me acercaba.

-Ahora ya es muy tarde, cariño -me dijo. -Pero te dejo mirar si quieres.

Y los chicos empezaron a reírse a carcajadas otra vez. 

Qué humillante. Yo siempre actuando a destiempo y de la peor manera.

Me fui a un rincón de la habitación donde tenemos una butaca. Mientras tanto, la cama temblaba y golpeaba suavemente la pared.

¿Cómo podía estar permitiendo aquello? ¿Tan débil era? ¿Quería ser realmente el protagonista de un relato de cornudo?

En vez de agarrar el primer objeto sólido que encontrara en la habitación y dar golpes a esos hijos de puta, se me llenaron los ojos de lágrimas. 

Uno de los chicos, cansado de cogerse a mi mujer, se acercó a mí todo desnudo con su miembro aún erecto.

-¿Cómo puedes ser tan pendejo? -Me dijo aquel hijo de puta. -Nos hemos encontrado a tu mujer sola en un bar, estaba claro que quería acción. Lo que no esperábamos era un invitado tan pendejo a la fiesta, ja, ja, ja.

El joven siguió su discurso mientras yo sollozaba:

-Hay que ser muy pendejo para no ver que una relación va tan mal. Pero, sabes, en el fondo me has caído bien. Y tu mujer coge riquísimo, ja, ja ja.

El joven y yo nos quedamos en silencio mirando la cama. El segundo chico había puesto a mi mujer de cara la pared con las manos posadas en el cabecero acolchado de cama que habíamos comprado en Ikea hacía un par de años. Le estaba abriendo las nalgas. Se estaba preparando para follarle el culo.

Mi mujer me había pedido repetidas veces en el pasado que le hiciera sexo anal. Como soy sexualmente bastante insulso, haciendo coito vaginal ya me sentía servido y siempre evité el tema del sexo por detrás. Otro motivo más por el que hoy estaba recibiendo mi castigo.

-Mira, cariño -me dijo mi mujer. -Hoy no tengo que pedirlo. Mira como me follan el culo.

El segundo chico se escupió en la mano, se pajeó un poco el glande para lubricarlo y lo dejó apuntando justo delante del ano de mi mujer. Luego, apretándose la base de la polla para que estuviera bien dura, empujó hacia adelante para empezar una penetración lenta y lubricada, para que no doliera tanto la primera embestida. Este tío sabía lo que se hacía.

Al notar la primera penetración, mi mujer soltó un doloroso “¡Oh!”. El chico siguió penetrándola lentamente y mi mujer cerró los ojos con fuerza y abrió toda la boca para que entrara el máximo de aire.

Cuando el culo de mi mujer se relajó y se adaptó a la penetración, el chico empezó a hacerle un coito cada vez más rápido, con lo que mi mujer ahora soltó un placentero ‘¡Sí, sí, sigue, sigue, no pares!”.

Segundos más tarde, el chico ya la estaba penetrando al mismo ritmo que un coito vaginal y mi mujer berreaba desconsolada de tanto placer.

El primer chico seguía a mi lado con una sonrisa en su cara que jamás olvidaré. Giró su cabeza y me dijo:

-¿Sabes qué? Cuando mi amigo le deje el culo lleno de leche a tu mujer, yo me correré en su boca. No te importa, ¿Verdad? Ja, ja, ja. -Y después de soltarme tal poema, se fue hacia la cama.

Mi mujer estaba extasiada pidiéndole al chico que se corriera. Mi mujer, mi esposa, mi amada, le estaba pidiendo a un desconocido que se corriera en su culo delante de mí. 

El chico la agarró de las tetas, estrujándoselas. Y triplicó la intensidad del coito. Estaba apretando todos sus músculos contra el cuerpo de mi mujer para hacer un último esfuerzo y vaciarse en ella.

Los ojos de mi mujer estaban completamente volteados en blanco y todo su cuerpo temblaba. Posiblemente, se estaba corriendo como en su vida, o más bien dicho, como nunca en nuestra vida de casados.

Ahora el chico empezó a jadear y a hacer un coito más lento. Todos en la habitación supimos que ese chico le estaba llenando de leche el culo a mi mujer. Todos recibieron la noticia con ilusión, supongo, menos yo.

El chico cayó para atrás y del culo de mi mujer salió un pequeño reguero de semen que iba trazando un caminito por sus muslos. Sentí arcadas.

-Ahora me toca, ja, ja, ja -dijo el joven que había hecho de espectador conmigo.

El joven que antes me había hablado sarcásticamente, ahora estaba agarrando por el pelo a mi mujer, mientras se tumbaba en la cama. Con su mano en el pelo, la dirigía hasta su enorme polla joven y erecta para que se la chupara.

Mi mujer accedió encantada.

-Qué pena que esto se esté acabando -dijo el chico a punto de recibir una felación.

Mi mujer respondió unas palabras que quedarán grabadas en mi cerebro eternamente:

-Pero volveréis otro día, ¿No?

Y mi esposa se metió entera la polla del joven en la boca y empezó a hacerle una felación profunda hasta provocarse pequeñas arcadas.

El joven echó la cabeza para atrás como respuesta al placer.

Mi mujer retiró la cabeza hasta solo tener el glande del chico metido en la boca. Con una mano empezó a hacerle una paja al resto de polla que quedaba fuera. La velocidad de su mano era tal que casi no se veía.

-¡Uf! Ya viene la leche -dijo el chico.

La respiración por la nariz de mi mujer aumentó en frecuencia y profundidad. Saber que se le iban a correr en la boca la había excitado muchísimo.

Siguió pajeando a máxima velocidad y la leche empezó a brotar por el agujero del glande. Qué gustazo tragársela toda.

La habitación quedó en silencio. Los chicos empezaron a vestirse. Mi mujer hizo una carcajada de un segundo y se dirigió al baño.

¿Te puedes imaginar lo que es compartir habitación con dos jóvenes vistiéndose que se acaban de follar a tu mujer en tu cara?

Y encima para ellos yo era invisible. Comentaban lo que acababa de pasar gloriosamente. “¿Has visto cómo le follé el culo?”, “Menuda mamada al final, la mejor de mi vida”.

Los comentarios duraron hasta que cerraron la puerta y me quedé solo.

Me quedé solo para analizar lo que había pasado. 

Lo que acababa de pasar lo merecía. Era culpa mía.

Es normal lo que ha hecho mi esposa

La tendría que dejar, pero aún la quiero. ¿Y si ha hecho esto es para demostrarme algo?

Mejor no la dejo, ¿Con quién voy a estar?

Es mejor que estar solo.

Tendré que soportar lo que sea para tener otra vez su perdón…

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