El masajista gay que me penetró bien rico

-Buenos Días, me han dicho mis compañeras que te llamas Javier. Hoy voy a ser tu masajista, yo me llamo Néstor. Dime, Javier, hay alguna zona en la que quieres que me enfoque más?

El silencio del lugar ya de por sí era muy relajante. Y la voz de Néstor era suave y muy agradable. La música ambiental de agua corriendo por cañas de bambú, era la guinda del pastel.

Un amigo me había recomendado el lugar. Cuando me hizo la recomendación, abrió mucho los ojos, “Tienes que ir allí y pedir cita con Néstor”. Mi amigo era un marica bien zorrón, así que le hice caso.

Y sí, Néstor era bien atento y se notaba en seguida que era una persona muy empática y con gran capacidad de atención al público.

Néstor era moreno, pasaba el metro ochenta y tenía un cuerpo muy estilizado y definido, sin ser excesivamente cachas. Se notaba que se cuidaba. Y lo mejor: tenía unas manos enormes y fuertes. Perfectas para un buen masaje.

-Pues mira, Néstor, me harías el hombre más feliz del mundo si me haces un masaje relajante de cuerpo entero para desconectar un poco del estrés. 

-Muy bien -me respondió. Tengo unos aceites aromáticos que te van a transportar a otro mundo. Cierra los ojos y céntrate en la música, yo me encargo del resto…

Néstor el… ¿masajista gay?

La voz de Néstor seguía en el mismo tono suave y relajante. Escucharlo hablar era como un baño de agua caliente.

Néstor subió un poco el volumen de la música. En el ambiente aislado del cuarto de masaje, parecía que hubiera realmente un circuito de agua con cañas de bambú a la altura de mi cabeza. En mi mente se dibujó un pequeño estanco de agua cristalina con peces rojos nadando en su interior.

Con delicadeza extrema, Néstor recolocó la toalla que había encima de mi cuerpo. La bajó para cubrir mis piernas, de modo que mi espalda quedó descubierta. Notaba como la toalla se movía por mi cuerpo y provocaba unas cosquillas suaves, muy gustosas.

Escuché a Néstor fregar sus manos con rapidez, para calentarlas, antes de posarlas sobre mi cuerpo. Sus manos estaban empapadas ligeramente con lubricante de aloe vera.

Y se hizo un silencio.

Néstor posó sus manos sobre mis lumbares con la lentitud, suavidad y precisión de una cápsula de la NASA aterrizando en la luna.

Siguió con friegas ascendentes de lumbar a espalda. Sin dejar de hacer contacto conmigo en ningún momento.

Mi cuerpo reaccionó como los relámpagos que impactan contra la cima de un volcán en erupción.

Reacciono al masaje gay de forma brutal

Mi polla se empezó a poner dura como un poste de electricidad. Por suerte estaba estirado y mi pene estaba contra la cama. Sería un problema cuando me girara…

Las manos de Néstor eran mágicas. El amigo que me había recomendado este masajista tenía razón. ¿Néstor tenía poderes? ¿Era un brujo levanta pollas?

Néstor siguió recorriendo cada palmo de mi espalda con una maestría sin igual. Y el masaje, más que relajarme, me hacía desear mucho sexo.

-Todo bien, Javier? 

Era como si Néstor estuviera leyendo mis pensamientos. Seguramente había detectado que mi respiración por la nariz había cambiado. Pero algo me hacía sospechar que Néstor sabía cómo provocar aquellos deseos tan instintivos que me estaban invadiendo.

Sigue, sigue…

De pronto, Néstor, bajó la parte de la toalla que cubría mi culo. Di un pequeño respingo, pero enseguida Néstor me puso una mano en la espalda para que relajara el cuerpo y siguiera acostado.

-Déjate llevar, Javier. -Y Néstor hizo un shh de silencio con sus labios, al igual que se calma a un niño pequeño.

Néstor empezó a masajear mis nalgas, apretándolas fuerte cuando empezaba un movimiento circular sobre ellas y aflojando la presión a medida que el círculo acababa y bajaba sus manos por mis muslos. 

Y vuelta a empezar.

En el culo hay casi tantas terminaciones nerviosas como en los pies. Aquel masaje de pompis era de lo más relajante.

Mientras tanto, el lubricante de aloe vera había embadurnado todo mi culo y mi ano se había relajado. Néstor sabía aquello.

Por eso, Néstor empezó a frotar mi ano con uno de sus dedos, acariciándolo verticalmente, sin penetrarlo.

El masaje gay empieza a ser interesante!

Hice ademán de parar su mano, agarrando su muñeca, pero ya estaba demasiado cachondo y quería que siguiera. Mi intento de frenar el dedo de Néstor fue muy débil y suspiré y me volví a recostar.

Néstor se puso a la altura de mi cabeza sin separar la mano de mi culo, pero ahora estaba en posición perfecta para penetrarme con su dedo haciendo forma de gancho. Y fue lo que hizo…

La penetración fue lenta y magistral, no sentí nada de dolor. Todo puro placer. Solté un gemido de gozo profundo. Agarré la camilla de masaje con ambas manos, por la parte superior. 

Tenía a Néstor anclado a mi ano, y yo, cogido por arriba a la camilla, era todo suyo.

Néstor empezó a agitar su mano con su dedo, aun penetrándome. Aquello era tan placentero que de mi polla salieron algunas gotitas de líquido preseminal. 

Yo mismo hacía movimientos de coito con la cadera, para frotar mi polla contra la camilla y darme placer. De verdad que estaba a punto de correrme.

En un momento que abrí los ojos, pude ver como en el uniforme de lino de Néstor se marcaba una polla larguísima y dura que iba a reventar el pantalón.

Empezando a disfrutar duro

-Esta herramienta, ¿no está incluida en el masaje? -pregunté

Aun con el dedo dentro de mi ano, Néstor se bajó el pantalón, arrastrando hacia abajo también el eslip y su polla tiesa se balanceó hacia los lados antes de quedarse parada y bien dura a la altura de mi cara.

La polla de Néstor estaba tan dura que su prepucio tan solo cubría medio glande. Y, ese glande, se me hizo muy apetecible.

Empecé a lamer la punta de la polla de Néstor, era todo lo que nos permitía la postura en la que nos hallábamos. No llegaba a más.

Pero Néstor empezó a mover la cadera como si estuviera follando y su polla cada vez me entraba más profunda en la boca. 

El rabo de Néstor estaba cada vez más brillante por mi saliva. Con esos movimientos de follarme la boca me imaginé que ese pollón me estaba follando a mí y me puse cachondísimo, cada vez queriendo su polla más y más adentro.

Quiero un buen final de fiesta

Paré un momento:

-¿Me darás toda tu leche, Néstor?

-La verdad es que quería meter toda mi leche dentro de este culito al que le estoy haciendo un dedo. -me dijo

-¿Pues a qué esperas, hijo de puta? -le respondí.

Ante mi insulto, Néstor me agarró y me incorporó con un punto de brutalidad que me encendió aún más.

Me agarró un brazo y entendí que quería que pusiera los codos en la camilla y los pies en el suelo.

Néstor, el masajista gay, pasaba a la acción: por fin me iba a empotrar.

Mi culito, con el masaje y el dedo que Néstor me había hecho, estaba más que preparado.

Vi que Néstor se embadurnaba la polla con algún aceite que había en los estantes. Me pareció una genial idea.

Con mi ano sediento y los lubricantes varios, la polla de Néstor entró en mí como la seda. Apreté los ojos y abrí mucho la boca para procesar tanto placer y, seguido, emití un gemido muy dulce.

-¡Fóllame duro, muy duro, cabrón! -le espeté.

Y Néstor no defraudó. Empezó a empotrarme como el mulo a la mula.

Con un gesto rápido, abrió mis codos y quedé con el pecho pegado a la camilla de masaje. Néstor hacía presión con una mano sobre mi cabeza, aplastada así en la camilla también, mientras me cogía el culo durísimo.

Néstor a punto de darme la leche de masajista

-Te gusta, maricón? -me dijo.

-No, hasta que no vea leche no me va a gustar -le piqué…

Mi vacilada hizo que Néstor multiplicará por tres el ritmo de penetración. Cada vez lo notaba más rígido hasta que me dio una embestida muy seca. Luego otra. Y empezó a gemir también seco. ‘Oh! Oh!’.

Néstor se estaba corriendo en mi culo. Justo lo que yo quería.

Se retiró hacia atrás hasta que la espalda le tocó la pared y se deslizó encogido hasta que su culo tocó el suelo.

Ahí Néstor se quedó jadeante y se dio por finalizada la fiesta.

Cuando me estaba limpiando la leche que me caía por las piernas, Néstor me dijo:

-Por cierto, Feliz Cumpleaños.

¿Cómo podía saber Néstor que hacía poco había sido mi aniversario?

Y siguió diciendo:

-Tienes un buen amigo. Que te paga buenas fiestas…

Y entonces lo entendí todo. El amigo que me había recomendado acudir a Néstor había pagado aquel servicio de masajista gay. ¡Será posible!

-Oh, vaya -le dije -¿Y si me apetece repetir?

-Bueno, en ese caso, vamos un día a tomar algo y el masaje me lo das tú en tu casa…

Podía acabar el día contento. Mi amigo me había pagado la follada del año por mi cumpleaños y el masajista sexual había accedido a quedar conmigo otro día ¿Qué podía pedir más?

Sigue mojando
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